En México, el acceso a la alimentación se ha convertido cada vez más en un asunto de ingresos y no de elección. En los últimos años, el costo de los alimentos ha crecido por encima de la inflación general, reduciendo el poder adquisitivo de millones de familias.
Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía revelan que, mientras la inflación general ronda el 4.6 por ciento anual, los productos de la canasta básica registran incrementos cercanos al 8 por ciento, es decir, casi el doble. Incluso, algunos alimentos como el jitomate han presentado alzas mucho más pronunciadas.
Este encarecimiento impacta con mayor severidad a los sectores de menores ingresos, donde la mayor parte del gasto se destina a la comida. Actualmente, una persona en zona urbana requiere más de 2 mil 500 pesos mensuales para cubrir su alimentación básica, mientras que en zonas rurales el gasto también ha incrementado de forma considerable.
El problema se agrava al considerar que los ingresos no han crecido al mismo ritmo. Para evitar caer en pobreza por ingresos, una familia necesita hoy mucho más dinero que hace apenas unos años, lo que evidencia una pérdida sostenida en la capacidad de compra.
En el caso de Oaxaca, el impacto es aún más fuerte. Las condiciones de pobreza, la alta informalidad laboral y la dispersión geográfica hacen que el aumento en los precios de los alimentos se resienta de manera más intensa, especialmente en comunidades rurales.
Además, factores como el encarecimiento de combustibles elevan los costos de transporte, lo que termina reflejándose en precios más altos en regiones de difícil acceso como la Mixteca o la Sierra.
Esta situación también comienza a modificar hábitos alimenticios, obligando a muchas familias a reducir porciones, sustituir productos o priorizar lo más básico.
Especialistas advierten que, de mantenerse esta tendencia, la brecha social podría ampliarse aún más, ya que quienes menos tienen son los que destinan una mayor parte de su ingreso a la alimentación.
Así, en Oaxaca y en gran parte del país, sentarse a la mesa se ha convertido en un desafío cotidiano, donde el costo de lo esencial sigue aumentando más rápido que los ingresos.


